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La peligrosa falta de conciencia social empuja al colectivo trans a la marginalidad

La sociedad les pone millones de obstáculos, el Estado las ignora y la iglesia las condena. Sin lugar a dudas la vida de una persona trans está lejos de ser sencilla. Hoy se cumple 2 años desde que Ayelén Gómez fue encontrada muerta bajo una tribuna del club Lawn Tenis, en parque 9 de Julio. Su caso generó un impacto significativo en nuestra provincia, pues logró agitar el avispero en una sociedad que aunque lo niegue aún se resiste a aceptar la diversidad. Esta tarde se realizará una jornada en su honor, en la que también se alzarán las banderas de justicia por Cynthia Moreira, Lourdes Reinoso y Gala Perea.

La alarma social se despierta solo cuando aparece una joven trans muerta, pero en lo cotidiano existen muchas otras cuestiones que la sociedad prefiere ignorar. Es realmente preocupante la falta de conciencia y de solidaridad que como sociedad tenemos hacia estas comunidades, en donde la prostitución y la violencia están tan naturalizadas que hasta ellas mismas relatan estos hechos como si fueran un día de campo. Pero basta con indagar un poco más para que la realidad te golpee en la cara.

La violencia y la discriminación comienzan en casa

Los problemas para una persona trans casi siempre inician desde edad temprana en el ámbito familiar, una situación que ni la escuela ni el Estado logra –tampoco lo intenta demasiado- revertir.

Según advierten desde el Observatorio de Género y Diversidad, el trato digno dentro de las familias no está garantizado. Cuando una persona comienza a manifestar su identidad trans es la misma familia la que discrimina y le imparte violencia. Lo mismo ocurre en las instituciones educativas. Prácticamente ninguna está capacitada para cobijar a las comunidades LGTBI; en esos ambientes también se reproduce la discriminación machista, la marginalidad y en algunos casos también la violencia.

No es casual entonces que la mayoría de los jóvenes trans abandonen o sean expulsados de sus hogares cuando sólo tienen entre 10 y 11 años. Tampoco es casual que menos del 30% finalice con éxito la escuela primaria. Muchos colegios siguen enseñando, bajo la excusa de una moral particular, el odio o la conmiseración hacia las personas que viven una identidad, una orientación o una expresión de género no acorde a la heteronorma.

En estas condiciones, la prostitución se ha convertido en una práctica habitual para ellas, no por decisión personal sino por supervivencia. Esto a su vez las pone en una situación muy vulnerable, porque genera también que se den todo tipo de situaciones de violencia. Pero a las trans no les queda otra opción, son discriminados al buscar trabajo y eso en cierto punto los obliga a inclinarse por la prostitución. Esto en último término conlleva una vida muy dura y a una muerte muy prematura.

Contario a lo que muchos ignoran, la violencia machista no sólo afecta a las mujeres heterosexuales, también se imparte –y se exacerba- en contra de las comunidades LGTBI+. Más del 90% de los travestis, transexuales y transgéneros sufren de alguna forma de violencia; cifras que reflejan la resistencia de algunos sectores en aceptar la diversidad de género.

La mayoría de las mujeres o varones trans obligados a ejercer la prostitución deben pagarle a alguien que las regentea para que los proteja. No obstante, ninguna de ellas se salva de ser víctima de algún tipo de violencia. Esta posibilidad de lucrar con la necesidad de este sector permite además el funcionamiento de redes de trata camufladas.

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