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“DIOS Y LA PATRIA SE LO DEMANDEN”

“Cuando terminé el artículo me fui a La Biela a encontrarme con mis colegas Humberto Toledo, Edgar Mainhard y Guillermo Cherasnhy, a quienes les conté mi experiencia en La Matanza. No les mostré la nota que llevaba escrita. Sólo la vio en un aparte mi amiga Elena Goñi, que me sugirió eliminar unas pocas palabras que sonaban de más. Ella se inclinaba por Cafiero”.
Juan Bautista Yofre,
“Dios y la Patria se lo demanden”, 2019.
La historia comenzó la noche anterior, viernes 06/05/1988, cuando al pasar frente a la embajada de Italia, sobre Avenida del Libertador, al lado de donde vivía por aquellos días Julio Mera Figueroa, Juan Yofre me preguntó: “¿Vos sabés cómo llegar a Gregorio de Laferrere?”, y mi respuesta fue: “Ni idea, Tata”.

Si sonaba exótico el barrio bonaerense, ni hablar del riojano Carlos Menem. Para colmo, Ricardo Yofre, uno de los hermanos, era el jefe de campaña de Eduardo Angeloz‘la esperanza blanca’ para Bernardo Neustadt, el comunicador estrella del momento. También es cierto que había un compartido deseo de irreverencia: ¿o no era una estupidez aceptar que después de un terrible fracaso económico, la UCR reclamara el voto otra vez?

48 horas después, cuando el Tata llegó a La Biela relató la experiencia del viaje a La Matanza, y él estaba conmocionado porque había descubierto una realidad muy diferente a la de Salguero, entre Libertador y Figueroa Alcorta, donde vivía. Y, además, la picaresca de los personajes le provocaba mucha ironía.

En aquel año electoral, su entusiasmo fue contagioso, y así fue como comenzó mi salida del diario Clarín (marzo 1989), que estaba desde lo corporativo como también desde lo individual de sus periodistas políticos principales, encolumnado detrás de Antonio Cafiero. Además, ¿quién era Joaquín Morales Solá para cortarme las notas si estaba llevando a Clarín a una derrota al apostar por Cafiero? Y encima no ponía ni los puntos finales a las oraciones que me mutilaba.

Y mi paso siguiente (abril 1989) fue, gracias a Roberto García, ocupar la silla que dejaba Yofre en Ámbito Financiero, ubicada junto a la del siempre cordial Enrique Llamas de Madariaga.

Recuerdo que unos días después Yofre me presentó, en el bar del Alvear Palace Hotel, a quien él llamaba “Pascualito”, hoy empresario Mario Montoto.

Pero antes, vi a Yofre en acción junto a Menem en aquel desayuno de trabajo que él menciona en su libro. El organizador se llamaba FORO, efectivamente sus rostros públicos eran Eva de Soldati, mujer de Santiago Soldati, y María Tezanos Pinto, que había colaborado con el equipo de Juan Sourrouille. Pero también Manuel Mora y Araujo era parte del ‘team’, y Juan Carlos Casas, quien firmaba los domingos en el diario La Nacióncomo “David Hume”.

Por ese vínculo con La Nación, me resultó muy difícil que Eva y María me aceptaran en sus reuniones. Además, el diario Clarín era muy crítico tanto del gobierno de Raúl Alfonsín, como de la comunidad más tradicional de negocios. Héctor Magnetto se mantenía o distante o imposibilitado del vínculo con ‘la City‘. Recuerdo las dificultades que tuve para publicar una entrevista a Federico Zorraquin, en su rol de directivo de la Cámara de Comercio Argentino-Estadounidense, previo a un viaje de Alfonsín a USA.

Sin embargo, en aquella visita de Menem a FORO, no hubo restricciones de parte de Eva ni María porque, muy probablemente, ellas creían que se trataba de un personaje que nunca llegaría a la Casa Rosada, y levantaron la tranquera. Recuerdo que Julio Bárbaro, a quien conocí aquella jornada, fue el presentador del precandidato presidencial pero Menem le prestaba extrema atención al Tata, que andaba de aquí para allá con su libreta de apuntes a cuesta.

Los presentes integraban lo que hoy día se llama ‘el círculo rojo’, y ninguno imaginaba que 14 meses después, ellos, tan reticentes en aquel ‘breakfast’, serían colmados por un menemismo casi mesiánico, gracias a la Ley de Emergencia Económico-Social y la Ley de Reforma del Estado, las actas fundacionales de la inversión directa privada más extraordinaria que tuvo alguna vez la Argentina.

El discurso de Menem y sus colaboradores era limitado, en especial considerando la crisis consecuencia del colapso del Plan Austral (que llevaría en agosto al anuncio del Plan Primavera). Sospecho que ni Yofre ni Rosendo Fraga ni Bárbaro ni Alberto Kohan tenían en mente todavía la posibilidad de, en caso de ganar, la ‘alianza estratégica’ con Bunge y Born. Imagino que aquella experiencia traumática de ilusión y desencanto será uno de los temas que abordará el Tata en su próximo libro.

Fue un momento de extrema debilidad del gobierno de Menem, y Yofre tuvo un rol importante, nunca reconocido, en frenar el asalto del ‘círculo rojo‘ (por entonces apodado Grupo María) para imponer a Angeloz como ministro del Interior, y así coparle la Administración al Presidente. Una lástima que Carlos Bulgheroni ya no esté para obtener un relato privilegiado de aquellas horas.

Los archivos

Desde siempre Yofre es un coleccionista de archivos personales de personajes públicos de la Argentina. Él cuenta que los consigue con facilidad pero no me imagino cómo será el procedimiento. ¿Será tan sencillo?

Él se encuentra orgulloso de esos apuntes o diarios o recortes que devienen en documentos que, según afirma, ayudan a reinterpretar situaciones, eventos y personas. Yofre dice que lo suyo “no es sanata”.

Sus propias notas personales permanentes van por esa dirección que, sin embargo, puede resultar harto controversial, según lo demostró Oscar Centeno.

Hay tantos simpatizantes como críticos, defensores y detractores de Yofre. A veces difícil, siempre polémico, El Tata vive su propia grieta.

Y resulta muy curioso: la mayoría de sus cuestionadores no cuenta con fundamentos sólidos para su enojo. Por ejemplo, se invoca que él, siendo periodista, fue secretario de Inteligencia de Estado, un acontecimiento ‘maldito’, tal como si fuese un delito.

Sin embargo, él fue funcionario de un gobierno elegido y reelegido por la mayoría de los ciudadanos, en su gestión no acumuló ninguna causa penal, no tuvo ninguna denuncia de enriquecimiento ilícito, ayudó a bloquear un sistema de filmaciones ilegales que realizaba un personaje superpoderoso en el último piso de un hotel céntrico para luego extorsionar a jueces y fiscales, y su paso por la Side fue muy breve, tal como lo recuerda en el propio libro. Entre Eduardo Bauzá y José Luis Manzano, con un guiño de Emir Yoma, lo voltearon por indagar, por orden de Menem, ciertas actividades aparentemente lucrativas de colaboradores del Presidente, se escuchó. Y tuvo la deferencia de aconsejarle a Ramón Hernández que se ausentara de ahí.

En verdad, Yofre fue más tiempo embajador por artículo 5to. de la Administración Menem que jefe de la inteligencia gubernamental. Y fue quien convenció a Menem de que su sucesor fuese Hugo Anzorreguy y no el militar retirado que tenía en mente el por entonces Jefe de Estado.

Por si faltara algo para rescatar, los fondos presupuestarios no declarables que gestionaba aquella Side al parecer fueron miserables al lado de los que tuvo Anzorreguy una vez que Bauzá y Domingo Cavallo acordaron el sistema de ‘caja única’ para las ‘cuestiones especiales’.

E intentó que la Side se quitara de encima al hoy famoso ‘Jaime Stile’, el alias de Antonio Horacio Stiuso, aunque fracasó en el intento, y Anzorreguy conocerá el motivo. Con los años, el agente de la base de la calle Estados Unidos fue encumbrado por Miguel Ángel Toma y deidificado por Néstor Kirchner vía Francisco Larcher, antes de la pelea final con Cristina Fernández de Kirchner.

Pero cualquier historiador sabe que un ‘relato’ se construye sobre ‘clichés’que habitualmente amasan los que ganan. Yofre prefiere recordar aquella frase del ex líder conservador británico Winston Churchill: “A todos les parecerá mucho mejor que se deje el pasado en manos de la historia, sobre todo cuando yo me propongo escribir esa historia”.

En verdad, la historia -esa afición de Yofre que, en parte, se la debe a Roberto García en días cuando el Tata buscaba reubicarse en tiempo y espacio- le ha permitido reiventarse, y participar activamente de una corriente de opinión que lo reconoce como referente, aunque en muchos casos yo no comparta ni sus puntos de vista ni sus decisiones (lo que no quita que seamos amigos incondicionales).

El fondo

De todos modos, el motivo del libro no fue la exhibición de una apreciable colección de diarios de vida de eventos y personajes públicos, incluyendo el suyo propio.

Resulta evidente que la cuestión de fondo en el libro de Yofre es un interrogante que raja su pensamiento, tal como le sucede a muchos argentinos: ¿Cómo fue que llegamos a esta decadencia?

Podría ser también: ¿Qué nos pasó que nos degradamos tan abrupta como profundamente?

O quizás: ¿Cuándo nos comenzamos a equivocar tanto?

O: ¿Cómo fue que perdimos la batalla cultural? (la única que importa).

Yofre lo redactó de forma más positiva: ¿Cuándo terminaremos con la decadencia?

No hay respuesta. Pero en su texto hay relatos acerca de una Argentina más interesante que la Argentina chata y exasperante de 2019. Aquel país que todavía era la Europa de Sudamérica y provocaba envidia en muchísimas otras sociedades (no vengan con la estupidez del reencuentro con los hermanos latinoamericanos).

Cada vez que llega un Presidente promete cambiar la historia pero no hace más que profundizar el vertiginoso avance hacia el Estado fallido. Y es obvio que Mauricio Macri integra las grandes decepciones argentinas aunque haya serviles y militontos incapaces de reconocer lo obvio.

En fin, 424 páginas para leer, y esa profecía final de Zulema Yoma que se cumplió, tal como las de Nostradamus.

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