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La «gran batalla» no estaba allí

No es sorprendente que la guerra civil siria y otras guerras por el poder que estallaron al interior de su territorio hayan sido el foco de la atención del mundo durante los últimos años. De hecho, Siria es un país clave en la región y lo que suceda allí también afecta a los países vecinos con implicancias directas en el equilibrio de otros conflictos de las regionales, incluido el conflicto palestino-israelí, y desde luego, ha impactado profundamente en la sangrienta confrontación al interior del Islam entre chiítas y sunitas.

Por un lado, Siria ha sido un escenario en el cual los principales jugadores de la comunidad internacional participaron de una u otra forma en el conflicto. Por otro, las energías internacionales y regionales han dado una amplia batalla contra las organizaciones terroristas. También es cierto que la guerra civil siria fue considerada -de forma errónea- uno de los episodios de la llamada «Primavera Árabe». Lo cierto es que la guerra allí ha sido una crisis profunda que dio origen a una situación sumamente difícil para las personas desplazadas y para muchos sirios que emigraron al continente europeo.

Sin embargo, la guerra siria fue -y sigue siendo- «una serie de guerras de diferentes intereses y objetivos», a veces divididos y otras veces entrelazados, donde difícilmente alguno de los contendientes pueda proclamarse único ganador. Incluso la intensidad de la confrontación ha llevado a muchos políticos y analistas a ir más lejos en sus análisis y preocupaciones, y varios indicaron que Siria como se la conoció ya no existía más, lo cual y pese a la fractura sectaria y religiosa del país no adquiere una dimensión total y correcta de la realidad.

Muchos pensaron que la «gran batalla» que estaba teniendo lugar en tierra siria dispararía resultados que determinarían el equilibrio de las potencias internacionales y regionales, especialmente después de que Moscú se convirtió en un gran jugador a través de su intervención militar en favor del régimen sirio. No obstante, una lectura de los últimos hechos políticos emergentes de la crisis han enviado un claro mensaje de que esto podría no ser así.

También existe preocupación en que las principales energías intervinientes en Siria desencadenen una crisis similar a la de los misiles cubanos de principios de la década de ´60, cuando Estados Unidos y la ex-Unión Soviética estuvieron al borde de una confrontación nuclear. Nada de eso sucedió y difícilmente ocurra.

No obstante, un análisis desapasionado y realista -que no subestime el tamaño de la crisis siria y su tragedia- debe considerar que este conflicto aún no ha terminado, aunque si se han aclarado algunas líneas generales de sus resultados. Es innegable que esos resultados dejarán su huella en la propia Siria y en las relaciones con algunos países vecinos. Sin embargo, debido a su naturaleza dual, tanto interna como regional, es necesario tomarse un tiempo antes de declamar un listado completo de pérdidas y ganancias. El bando más fuerte en una guerra de las características del conflicto sirio no es necesariamente el más capaz de asumir la reconstrucción. Los cálculos de los poderes intermedios no siempre son consistentes con los de sus aliados locales. Además, la lógica que prevalece en el tiempo del miedo no es la misma que la de los días normales. También hay quienes creen que es imprudente celebrar la presencia militar de un bando u otro en suelo sirio; porque no se sabe si el pueblo sirio aceptara alguna tutela, ni ha expresado aún su deseo de coexistir con banderas que no sea la suya en su propia tierra.

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